Del espejo a Narciso, de los dobles y sus implicaciones en el cuento:
“Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja”
de Luisa Valenzuela
Un poco de agua se interpone. Él ansía mi abrazo; porque cuantas veces alargo besos a las cristalinas aguas, otras tantas se esfuerza él por juntar sus labios. Creerías que es posible el contacto; es muy pequeño el obstáculo a nuestro amor. Quienquiera que seas, sal aquí; ¿por qué, muchacho sin par, me eludes? ¿a dónde escapas cuando te cortejo? [...]; y según puedo conjeturar por el movimiento de tus hermosos labios... ¡ese soy yo![1]
Ovidio
Nuevamente, como en la tan repetida imagen de los espejos enfrentados, estamos ante dos posibilidades que son en realidad la misma, rostro y máscara, ambas igualmente reales y “verdaderas”, ambas también imaginarias.
Sandra Lorenzano[2]
Imágenes repetidas, idénticas, con significantes diversos, alusiones a la igualdad que se pierde entre lo real y lo ficticio, que da paso una y otra vez a la dicotomía de valores que parecen inherentes a la cultura Occidental, a su lógos, a la razón. El espejo refleja y con su proyección dobla “lo real” para convertirlo en lo otro, lo que es en sí mismo se dibuja como la efigie fantástica de la duplicación, como lo imaginario; la duplicación y lo imaginario tienen una clara carga simbólica de lo siniestro, aquello que se encuentra entre dos mundos, lo limítrofe. La capacidad de ser madre, hija, abuela, el otro, la otra, el lobo, fragmentar el tiempo, re-conocer-se en un cuerpo distinto pero marcado por la herencia, por la memoria, por las cicatrices casi ancestrales, re-descubrir-se, volver la mirada hacia sí, Caperucita resulta mucho más siniestra a través de la escritura de Valenzuela, una escritura que está guiada por el imperativo ético de articular un discurso que descodifique los mecanismos del poder y revele los horrores causados por la crueldad humana. Su discurso nace de la necesidad de nombrar y re-presentar los deseos inarticulados del erotismo femenino.
¿Espejo o Speculum?
El psicoanálisis nos ha advertido que de cualquier forma el narcisismo es una patología, un desorden y esto, en un plano sencillo y con sus debidas salvedades, se interpreta como el incumplimiento hacia las leyes y normas establecidas en la sociedad, como el rompimiento con la verticalidad y lo impuesto como hegemónico.
El narcisismo patológico –como las perversiones o las filias– corresponden a un rompimiento entre la estructura social y el individuo (yo Vs. Ello); transgredir para gozar –decía Bataille–, a pesar de la amenaza, porque existe la amenaza, es lo estrictamente erótico. Transgresión que se traduce en escisión aceptada por todo aquel que vive en sociedad; colocando al sujeto entre el espejo y el speculum. Esta dicotomía entre lo sociológico y lo psicológico nos lleva, como siempre, a un sin fin de binomios que se encuentran también, a manera de espejo: abierto/ cerrado, afuera/ adentro, público/ privado, permisión/ prohibición, etc. y los ejemplos en la escritura de Valenzuela: de la casa de la abuela al bosque, juventud/ vejez, deseo/ represión, etc. El salto de uno a otro lado del binomio, incluye la propia narrativa de Valenzuela, que: “subierte la moraleja opresora de Perrault, varía la versión canónica multiplicando las voces arrativas, incluyendo jueos temprales y un tono irónico que transforma el texto en un metacomentario de los textos que parodia”[3]. Así, tenemos que el tono irónico y el hecho de utilizar imágenes que hacen una clara referencia: la palabra escrita permanece viva. La "locura de la ficción" ha congelado la imagen de la perversa "locura del poder" (quizás la congela como la imagen del espejo) en una historia que inscribe un texto de dolor y de miedo, de asombro e incredulidad. Este texto ha formulado el lenguaje de lo indecible al reverso del orden falocéntrico, se vale de las artimañas del poder para poder desestructurarlo, buscar en el propio cuerpo las respuestas a la sexualidad femenina, nos aclara:
La sorprendente paradoja de que el narcisismo, generalmente entendido como un escape egoísta de la realidad, sea relacionado aquí con la unidad con el universo, revela la nueva profundidad de la concepción: más allá de todo autoerotismo inmaduro, el narcisismo denota una relación fundamental con la realidad que puede generar un comprensible orden existencial.[4]
Cuando Caperucita ve al espejo, qué mira, qué mira el personaje que es, de por sí, una copia del original, y cabría preguntarnos, dónde, cuál o qué es el original? En la escritura de Valenzuela, o mejor, en el cuento: “Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja” nos encontramos ante la problemática anterior ya que, Caperucita, que ya no es Caperucita sino las huellas de su madre, que a su vez, se encuentra en una cabaña al final del bosque, esperando, siempre esperando, cuidando, siempre cuidando-se del lobo, de un lobo que siempre las acompaña, esa mujer de la cabaña es la que advierte del peligro, la que juega con él, la que lo dobla, la que lo utiliza, la que juega entre las posibilidades del bosque: “El hecho es que al retomar camino encontré entre las hojas uno de esos clásicos espejos. Me agaché, lo alcancé y no pude menos que dirigirle la ya clásica pregunta: espejito, espejito, ¿quién es la más bonita? ¡Tu madre, boluda! Te equivocaste de historia –me contestó el espejo.”[5] Ante el desdoblamiento (me agaché) Valenzuela nos muestra la intención de volver a mencionar a la madre, la vuelve encontrar a través del espejo en el que se ve y se reconoce igual a la otra, a la que estaba alejada, a la madre, a la que reprime; sin embargo, más allá de las formulaciones psicoanalíticas del imaginario colectivo y su relación con el Narciso y la madre, está el contexto, un ámbito social en el que la sexualidad se encuentra, claramente velada y Valenzuela rescata del silencio no sólo las prácticas sexuales sino las ideas propias, el cuerpo propio, que no se ofrece al cuerpo otro sino al propio deseo. ¡cuidado con el lobo!, advertiría la madre, mientras la abuela espera al final del bosque y mientras la nieta, en este juego de tiempos que va tramando Valenzuela, encara al peligro, juega con él, lo saborea, se lo lleva a la boca como si de una baya se tratara.
¿Equivocarme, yo? Lo miré fijo, al espejo, desafiándolo, y vi naturalmente el rostro de mi madre. No le había pasado ni un minuto, igualita estaba al día cuando me fletó al bosque camino a lo de abuela. Sólo le sobraba ese rasguño en la frente que yo me había hecho la noche anterior con una rama baja. Eso, y unas arrugas de preocupación, más mías que de ella. Me reí, se rió, nos reímos, me reí de este lado y del otro lado del espejo, todo pareció más libre, más liviano; por ahí hasta rió el espejo.[6]
Ya no estamos ante un Narciso que se mira al espejo para ver sólo su reflejo, estamos ante un Narciso que vislumbra su pasado y futuro, se multiplica, sabe que ya no se trata de una dicotomía sino de triadas, de la fragmentación en múltiples partes, de la polifonía, Caperucita, por ejemplo, ha prestado su cuerpo, se lo da a su madre, se entrega a su abuela, vive en/con/por el lobo, en fin, Caperucita que ya no es Caperucita sino el invento del cuerpo femenino, de su erótica; Caperucita que ya no es Caperucita sino la madre, han advertido de los peligros del bosque, los han advertido más no se han alejado de ellos, para qué, si al final, como siempre, está la abuela esperando, con toda esa carga simbólica de la memoria.
En “Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja” los reflejos, los pares, los iguales que se encuentran son parte fundamental, no sólo de la temática sino de la forma de la narración, en cada juego de palabras: “Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja”, el título mismo nos invita a pensar en lo anterior (cuatro elementos divididos exactamente a la mitad, separados sólo por una coma que marca más la división, ese pequeño espejo en el que se forma el lenguaje.
El yo se manifiesta en la escritura, expresa y se plasma pero las palabras no esconden los silencios, los acrecienta en un trabajo de reflexión en un espacio en el que se adivinan las verticalidades, las limitantes de un sistema que ha cancelado la diversidad de discursos, la multiplicidad de escrituras; relegándolas a lo privado, a lo individual, a lo secreto que está presente en el imaginario, que está del otro lado del espejo, latente pero también ausente, desdeñado y alejado de la concretización del “mundo real” que no puede cobijarlo, sino es por medio del sueño, de lo ilusorio... y nuevamente, como en la tan repetida imagen de los espejos enfrentados, estamos ante dos posibilidades que son en realidad la misma, rostro y máscara, ambas igualmente reales y “verdaderas”, ambas también imaginaria
Bibliografía
Díaz, Gwendolyn, El tango y otros simulacros”, apud.: Luisa Valenzuela: simetrías/ Cambio de armas. Luisa Valenzuela y la crítica, E-cultura, Caracas, 2002.
Lorenzano, Sandra, Escrituras de sobrevivencia. Narrativo argentina y dictadura, UAM- Miguel Ángel Porrúa, México, 2001.
Marcuse, Herbert, Eros y civilización, Sarpe, Madrid, 1983 (Los grandes pensadores, 8)
Ovidio, Metamorfosis, tr. Antonio Ramírez, Alianza, Madrid, 1998 (Clásicos de Grecia y Roma)
Valenzuela, Luisa, Cuentos completos y uno más, Alfaguara, México, 2000.
[1] Ovidio, Metamorfosis, tr. Antonio Ramírez, Alianza, Madrid, 1998 (Clásicos de Grecia y Roma) p. 131
[2] Sandra Lorenzano, Escrituras de sobrevivencia. Narrativo argentina y dictadura, UAM- Miguel Ángel Porrúa, México, 2001.
[3] Gwendolyn Díaz, El tango y otros simulacros”, apud.: Luisa Valenzuela: simetrías/ Cambio de armas. Luisa Valenzuela y la crítica, E-cultura, Caracas, 2002. p. 136
[4] Herbert Marcuse, Eros y civilización, Sarpe, Madrid, 1983 (Los grandes pensadores, 8) p. 158-159
[5] Luisa Valenzuela, “Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja”, Cuentos completos y uno más, Alfaguara, México, 2000. p. 66
[6] Luisa Valenzuela, op. cit., p. 66
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